
A las cinco de la mañana, cuando todavía faltaban tres horas para que comenzara la atención, una usuaria ya estaba frente a la Agencia Nacional de Tránsito (ANT) de Ibarra. No era la primera vez. Tampoco la segunda. Era su quinta semana intentando conseguir una licencia de conducir.
La escena, según su testimonio, se había vuelto repetitiva: llegar de madrugada, esperar en las gradas, organizarse entre desconocidos y confiar en que ese día no fallara el sistema, no se fuera la luz y alcanzara el tiempo para ser atendida.
No existe, según relata, un mecanismo formal para ordenar a quienes llegan antes de la apertura. Son los propios usuarios quienes se organizan. Un papel marca la secuencia y la memoria colectiva sostiene el turno.
“Me dieron un papelito con mi orden de llegada y me hice amiga de todos los que me antecedían para que me recuerden”, contó a Imbabura en Línea.
Ese sistema improvisado resume una parte del problema: quienes buscan obtener o renovar una licencia no solo deben cumplir con los requisitos administrativos, sino también disputar tiempo dentro de una jornada limitada.
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Un solo digitador para una sala llena

Cuando la agencia abre sus puertas, la espera cambia de escenario, pero no termina.
De acuerdo con el relato de la usuaria, un solo funcionario se encarga del ingreso de datos. El trámite de quienes obtienen una licencia por primera vez puede tomar entre 12 y 15 minutos; una renovación, entre seis y ocho.
La diferencia parece pequeña hasta que se multiplica por una sala llena.
El sistema funciona, según la información proporcionada a los usuarios, desde las 08:00 hasta las 16:20. A esa hora se cierra de manera automática. Cada minuto perdido, por tanto, reduce el número de personas que podrán completar el trámite.
Ese día hubo además una pausa adicional: el único digitador salió a almorzar. La atención debía retomarse aproximadamente a las 13:15 y continuar hasta las 16:20.
Para quienes estaban al final de la fila, la pregunta ya no era cuánto faltaba, sino si alcanzarían.
Cuando falla el sistema, también corre el tiempo
La incertidumbre no depende únicamente del número de personas.
La usuaria relata que durante sus diferentes intentos también se produjeron fallas del sistema informático y cortes de energía eléctrica.
En una de las jornadas, primero dejó de funcionar el sistema. Después se fue la luz.
Los usuarios permanecieron esperando porque abandonar el lugar podía significar perder una semana más. Según el testimonio, los turnos para este tipo de trámite representan una oportunidad limitada y quienes no consiguen completar el proceso deben volver a intentarlo en otra jornada.
La situación energética añadió otra dificultad. El generador disponible en las instalaciones, según lo relatado por la usuaria, no tendría capacidad para abastecer todo el edificio.
En una de esas interrupciones, las personas permanecieron en las gradas hasta que otro funcionario ayudó a reorganizar la espera. El ruido del generador se convirtió entonces en otro elemento de una jornada marcada por la incertidumbre.
La explicación: restricciones para manejar las claves
La usuaria asegura que María Teresa Ramírez, jefa de la agencia en Ibarra, explicó a los presentes que no era posible habilitar a otro digitador.
La razón, según esa versión, estaría relacionada con medidas adoptadas después de denuncias registradas en la Agencia Nacional de Tránsito. Como consecuencia, solo una persona tendría autorización para manejar las claves e ingresar información al sistema.
La explicación permite entender parte del cuello de botella, pero también abre una pregunta: ¿cómo sostener un servicio con alta demanda cuando una sola persona concentra una etapa indispensable del proceso?
La ANT deberá precisar oficialmente si este esquema responde a disposiciones nacionales, medidas de control interno o decisiones operativas aplicadas en la agencia de Ibarra.
El trámite termina, pero deja preguntas
Después de cinco intentos, cerca de dos meses de gestiones y varias madrugadas, la usuaria consiguió finalmente su licencia.
El documento llegó después de madrugar, esperar, regresar y volver a empezar.
Su caso no permite establecer por sí solo que todas las personas atraviesen las mismas dificultades, pero sí expone una combinación de factores que puede afectar la atención: capacidad limitada de personal, dependencia del sistema informático, cortes de energía y horarios cerrados de operación.
Incluso el mecanismo dispuesto para denunciar problemas generó otra dificultad. La usuaria señaló que en la agencia existe un código QR para reportar irregularidades o mala atención, pero asegura que al intentar utilizarlo el enlace no funcionaba.
La historia termina con una licencia entregada, pero no con las interrogantes.
¿Por qué obtener un documento termina dependiendo de llegar antes del amanecer? ¿Qué ocurre con quienes no pueden perder una jornada laboral para esperar? ¿Cómo responde la institución cuando falla el sistema o se interrumpe la electricidad?
Para esta usuaria, la respuesta fueron cinco semanas de espera. Para la administración pública, el caso deja una discusión sobre algo más amplio: la capacidad de garantizar que un trámite cotidiano no termine convertido en una prueba de resistencia.


